El misterio de Casa Magor y de otros locales congelados en el tiempo

    Rocío Z. puede estar parada en la misma esquina durante media hora. A veces, sola. Muchas, con su perra. Y otras, rodeada de amigos. A ellos los invita o convence para ir. Vivan fuera del país, en otra provincia o barrio, no importa, ella les tiene que mostrar el local que está en esa esquina. Hacerlo forma parte de un tour y de un juego. Uno en el que hay que encontrar diferencias y pistas para resolver el misterio de Casa Magor.

    Con la nariz pegada al vidrio y usando las manos como visera, mira hacia adentro. Chequea si el gorila sigue dentro la cuna, si las plantas fueron regadas o si el cochecito de bebé noventoso fue corrido por manos anónimas. Hace poco descubrió una voligoma arriba de un escritorio. Antes, no estaba. Esos cambios la perturban. Le pasa a ella y a muchos otros vecinos, que aprovechan los momentos en los que sacan al perro o van y vuelven del trabajo para revisar la vidriera de Magor, una mueblería que permanece casi idéntica. Cerrada. Sin nadie que venda o compre, pero con muebles que cambian de ubicación y luces que se prenden de noche.