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domingo 11 de abril de 2021
Periodismo . com

Alberto Fernández y la anatomía del peronismo que viene

Este texto es ganador de la primera convocatoria de textos periodísticos de Periodismo . com y Énico.

La coalición y el Gobierno que preside Alberto Fernández fueron analizados desde múltiples perspectivas, en general, supeditadas a cuestiones urgentes: la capacidad para la negociación de la deuda; la destreza para sostener los distintos equilibrios internos o externos; los problemas o virtudes de la comunicación o, finalmente, la habilidad para manejar la crisis desatada por la pandemia del coronavirus.

A la hora de pensar qué tipo de peronismo es el que caracteriza a la alianza del Frente de Todos (FdT) que administra el país desde diciembre de 2019 circulan menos reflexiones, con excepción de aquellas vinculadas a los discursos alrededor de la “grieta”. Ese fue el calificativo con el que quedó designada la división política argentina en los últimos años y que separaba –a la vez que unía en un marco político común– a dos universos: los partidarios del expresidente Mauricio Macri y su coalición Juntos por el Cambio, que gobernó entre 2015 y 2019, y el peronismo representado, esencialmente, por la actual vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner.

Las dudas sobre la consistencia de la coalición oficial quedaron en evidencia con sólo un tweet de Cristina Fernández en el que comentaba favorablemente el artículo de un periodista económico que era tácitamente crítico hacia Alberto Fernández y sus primeras puestas en escena de un eventual “pacto social” con los empresarios.

Pero, los interrogantes sobre el nuevo proceso político que recién comienza son más profundos y se imponen por su propio peso: ¿cuáles son las razones de la resiliencia de un movimiento político –el peronismo– que sostiene una indudable centralidad en la política argentina desde hace 75 años? ¿Qué continuidades y qué cambios experimentó a lo largo de casi un siglo de historia? ¿Cuáles son las divergencias y las convergencias con la última experiencia protagonizada, primero por Néstor Kirchner y luego por Cristina Fernández? ¿Qué distingue a Alberto Fernández y al actual Frente de Todos de sus predecesores?

Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner
Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner en el acto de asunción a la Presidencia, el 10 de diciembre de 2019.

En momentos en que irrumpen los matices, las críticas, las divergencias o el “fuego amigo”, dirigentes políticos y sociales, periodistas, ensayistas, académicos e intelectuales consultados para este artículo ofrecieron diferentes puntos de vista sobre estas cuestiones que hacen a la anatomía del “quinto peronismo”. Para Santiago Cafiero, jefe de Gabinete del actual presidente argentino, el peronismo es “el movimiento que más rápido interpreta las demandas sociales que se colectivizan” y esa capacidad fue lo que le permitió el triunfo también en esta última ocasión. La politóloga María Esperanza Casullo considera que no está lo suficientemente valorado el peso de las instituciones sociales creadas durante el primer peronismo y que aún tienen vigencia. El periodista y ensayista Martin Rodríguez afirma que la fórmula del Frente de Todos es un clásico que parece repetirse en todos los ciclos peronistas: “Estructura y novedad, tradición y signo de los tiempos”. Para el politólogo Andrés Malamud, hay una sociología clásicamente peronista en las bases de la coalición, pero un inquietante problema de liderazgo indefinido y esa es la diferencia específica constitutiva de la experiencia en curso. Horacio González, uno de los más destacados intelectuales argentinos –identificado con el peronismo– cree que Alberto Fernández tiene una sensibilidad tendiente hacia la “moderación” política y lo preocupan las demandas de los poderes fácticos ante las que pueda sentirse interpelado. El dirigente social Juan Grabois, perteneciente a una de las organizaciones que encuadran a los denominados trabajadores de la “economía popular”, considera que es un gobierno de coalición cuyos componentes tienen “visiones e intereses distintos y a veces contradictorios” y que en este tiempo inicial tiene relegada la agenda social. Julio Burdman, doctor en Ciencia Política, asegura que el liderazgo de Alberto Fernández se definirá en función de qué programa económico alternativo pueda desplegar y considera que el kirchnerismo ha transformado al peronismo de la misma manera que, en su momento, el expresidente Raúl Alfonsín cambió al radicalismo.

«El kirchnerismo cumplió una función dentro del peronismo, parecida a la que el alfonsinismo tuvo dentro del radicalismo»

Podría decirse que tres nudos problemáticos organizan la reflexión en torno a la fisonomía del nuevo peronismo: los pilares sociales en los que se apoya, sus fracturas, horizontes y límites; la dinámica específicamente política que determinará el liderazgo que finalmente se constituya y la excepcionalidad de la pandemia como problema sanitario, pero también como factor económico-político que marcará un antes y un después en Argentina y el mundo. Desde una mirada a largo plazo, emerge la cuestión sobre cuáles son los cambios históricos en la genealogía del peronismo y en el álgebra de sus componentes internos. Una síntesis de todos estos aspectos coyunturales e históricos –analizados desde los textos clásicos que abordaron al hecho peronista– nos permitirá acercarnos al enigmático presente y pronosticar cuál es el universo de los posibles hacia los que puede rumbear la experiencia argentina.

 Peronismo y sociedad

Cuando habían pasado dos años desde el triunfo de Mauricio Macri en las presidenciales de 2015, el sociólogo y ensayista Juan Carlos Torre abrió un debate a partir de la revisita a un artículo que había publicado 15 años antes, a propósito de los efectos de la crisis del 2001 en el sistema político: Los huérfanos de la política de partidos. Si en el original destacaba que la hecatombe de principios de siglo no había golpeado a todas las formaciones por igual (había dinamitado mucho más al polo no peronista, mientras que el peronismo había logrado sobrevivir), en el nuevo artículo que tituló Los huérfanos de la política de partidos rivisited se interrogaba si, finalmente, al peronismo no le había llegado su 2001. “Más concretamente, la pregunta que quiero colocar es la siguiente: ¿le llegó al peronismo su 2001?”, dudaba Torre y explicaba: “Esto es, ¿la dinámica del colapso partidario que arrasó al polo no peronista está hoy acaso a las puertas del polo peronista amenazando su condición de partido predominante? Si la causa de esta pregunta fuese sólo la disputa de candidaturas que hoy divide a la familia peronista la respuesta sería negativa: no es la primera vez que los peronistas concurren a las elecciones divididos, para el caso basta recordar las elecciones presidenciales del 2003. La razón por la que formulo la pregunta es porque, a mi juicio, el contexto en que tiene lugar la puja de candidaturas esta vez es diferente; en esa puja creo ver la expresión de un efecto social retardado de la crisis del 2001. Dicha crisis no fue sólo política con un efecto inmediato en la desafección partidaria que pulverizó al polo no peronista. Ella también exhibió en la ola de saqueos en el Gran Buenos Aires la magnitud de la fisura abierta en el cuerpo social del país. Y como tal, puso de manifiesto también la magnitud del quiebre de la columna vertebral del peronismo: el mundo del trabajo”.

Mauricio Macri y trabajadores
En 2015 Mauricio Macri se convirtió en Presidente captando los votos de un sector del electorado previamente identificado con el peronismo.

Este texto, junto con otros que compartían una tesis similar (como los trabajos del politólogo y sacerdote jesuita Rodrigo Zarazaga), disparó la polémica sobre la crisis en las bases de sustentación social del peronismo.

Sobre esta relación entre peronismo y sociedad, María Esperanza Casullo -doctora en Ciencia Política y docente de la Universidad Nacional de Río Negro- considera que la mayoría de los análisis que abordan la cuestión de la perdurabilidad del peronismo “ignoran o no pueden dimensionar hasta qué punto el peronismo ha creado instituciones en el país. Sobre todo el primer peronismo, pero también Carlos Menem y Néstor Kirchner crearon instituciones. No todas ‘buenas’ o deseables, pero con inercia institucional”. Casullo, quien acaba de publicar el libro ¿Por qué funciona el populismo?[1] (Siglo XXI Argentina, 2019) observa que, en gran medida, “el mundo social que nos rodea sigue siendo aún hoy creación del primer peronismo: el modelo de organización sindical, las negociaciones paritarias, los hospitales públicos, la estructura de seguridad social y la organización del Estado continúan replicando de alguna manera estructuras que se crearon o institucionalizaron en 1945. Esas instituciones no sólo generan ‘cosas’, sino que generan modos de socialización, lo que a su vez genera… peronistas. En la relación entre peronismo y sociedad, observa una retroalimentación que siempre fue más de abajo hacia arriba”.

Julio Burdman
Julio Burdman hace una distinción entre el peronismo y el kirchnerismo.

El licenciado en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires Julio Burdman coloca el acento en algunos cambios que se produjeron en las últimas décadas: “Al mismo tiempo que coaliciones que incluyen al Partido Justicialista se vienen sucediendo desde el año 2002 en adelante –con el único paréntesis de Mauricio Macri– algunos aspectos identitarios del peronismo comienzan a licuarse como consecuencia de esa experiencia. En ese sentido –explica– empiezo a pensar que el kirchnerismo cumplió una función dentro del peronismo, parecida a la que el alfonsinismo tuvo dentro del radicalismo. Es decir, Raúl Alfonsín (presidente radical desde la salida de la dictadura en 1983 hasta 1989) reformateó a su partido y durante un largo periodo el radicalismo y el alfonsinismo se volvieron prácticamente lo mismo. Esto sucede por lo menos hasta que entra en una especie de crisis con la muerte del propio Alfonsín y la alianza que hace el radicalismo con el macrismo en Cambiemos. El kirchnerismo es una variante que viene dominando al peronismo desde hace por lo menos 15 años, pero no estoy seguro de que sea exactamente lo mismo que el peronismo. En mi compresión, el peronismo es algo más que la agenda social que sostiene el kirchnerismo, el peronismo también implica una búsqueda del desarrollo argentino a través de la concertación de clases y de actores sociales y económicos. Es un proceso de permanente construcción del Estado centralizado. Eso es lo que inaugura Perón en los años ‘40 del siglo pasado. Esta última etapa del kirchnerismo estuvo copada por una agenda, centralmente, de compensación social a los perdedores del sistema económico y otros aspectos que definen al peronismo se perdieron en el camino. El kirchnerismo se convirtió en el ‘primus inter pares’ de un conjunto de fragmentos del antiguo justicialismo que incluye actores políticos, sociales, locales que heredan la lógica del movimiento justicialista”. Burdman cree que al volverse preponderante en la estratégica provincia de Buenos Aires (centro neurálgico del país que concentra cerca del 40 por ciento del padrón electoral), la corriente kirchnerista se tornó dominante dentro del peronismo. Pero que, en términos de programa económico y social, quedó cada vez más reducida a una orientación de contención de los pobres, relegando otros aspectos de las banderas que históricamente identificaron al peronismo.

«La novedad del peronismo actual no es su sensibilidad social ni su vocación por el poder, que permanecen inalterados, sino la bifurcación de su base social»

El periodista y escritor Martín Rodríguez, editor de la revista Panamá y coautor junto a Pablo Touzon del libro La grieta desnuda (Capital Intelectual, 2019)[2] sentencia que en términos de la sociología del peronismo no hay que olvidarse de algo esencial a la hora de pensar la división que afectó al movimiento en los últimos años: “Esa fragmentación de la dirigencia peronista era también la de su propia base social. Se dijo mil veces: la pérdida de clases medias y medias bajas del electorado kirchnerista. El massismo sociológico”, asegura en referencia a estos sectores sociales que supo representar Sergio Massa, uno de los referentes del peronismo bonaerense que en 2013 rompió con el kichnerismo y ganó las elecciones en este distrito. En 2015 también se presentó con su propio Frente Renovador y no pocos ven en esa división la condición de posibilidad del triunfo de Mauricio Macri. Hoy Massa es parte del Frente de Todos, lo que no implica necesariamente que esas divisiones sociales se hayan superado.

Andrés Malamud
«La novedad de este peronismo es la bifurcación de su base social», postula el politólogo Andrés Malamud.

Para el investigador del Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad de Lisboa (Portugal), el politólogo Andrés Malamud, “el actual es un gobierno de genealogía y sociología peronista, sucesor de los de 1946-1955, 1973-1976, 1989-1999 y 2002-2015. La diferencia con los anteriores, salvo un breve periodo en 1973 y otro en 2008-2009, es que el presidente no es el líder del partido. La novedad del peronismo actual no es su sensibilidad social ni su vocación por el poder, que permanecen inalterados, sino la bifurcación de su base social. El peronismo representa a dos grandes sectores, los incluidos en el mercado de trabajo (sobre todo asalariados sindicalizados) y los excluidos o marginados (sobre todo trabajadores informales y desposeídos sin trabajo). Néstor Kirchner, sucesor de Eduardo Duhalde -histórico líder del peronismo bonaerense al frente del gobierno de transición surgido de la crisis del 2001- y antecedente de Alberto Fernández, encarnaba sobre todo al primer sector; Cristina Fernández representa mejor al segundo”.

«el macrismo fue una consecuencia lineal de todo el colchón de asistencia y políticas sociales del kirchnerismo»

Santiago Cafiero es jefe de Gabinete de Alberto Fernández y porta un apellido de larga tradición en el peronismo: su abuelo, Antonio, encabezó la llamada “Renovación” del partido en los años ‘80 del siglo pasado y fue un histórico dirigente que llegó a estar cerca del mismo Perón. Cafiero explica la sociología del peronismo actual por la negativa, desde la crisis del macrismo: “Hago un análisis muy rudimentario, pero creo que explica por qué el macrismo fue una consecuencia lineal de todo el colchón de asistencia y políticas sociales del kirchnerismo. En los conurbanos de las ciudades más grandes del país –no sólo de Buenos Aires– siempre están los sectores de trabajadores, de clase media o media-baja, barrios populares o villas de emergencia. Tenemos esa suerte de estructura geográfica o tradicional en nuestro país. Gran parte de las medidas que se tomaban durante el kirchnerismo tenían que ver con generar mayor y mejor calidad de vida, acceso a consumo y generación de empleo para todos esos conurbanos”. Para los centros urbanos también, pero para los conurbanos más. Según Cafiero, ese proceso creó “una equivalencia en las aspiraciones (familiares o personales) entre el centro y los conurbanos. O en términos estructuralistas entre el centro y la periferia. Porque había un colchón de cierto confort y accesibilidad más o menos compartida. Gracias a esa equivalencia un partido político profundamente urbano (PRO-Cambiemos) logra perforar en esos conurbanos. Esas equivalencias aspiracionales resistieron por lo menos dos o tres años del macrismo. Cuando le tocó gobernar las empieza a romper, primero con los aumentos fuertes en las tarifas de los servicios públicos, que implicaron que todo ese salario indirecto que recibían los habitantes de esos conurbanos (también el centro, pero sobre todo esos conurbanos) se empieza a cortar. Lo segundo, fue una salida violenta del ‘cepo’ cambiario (las barreras oficiales para la adquisición de divisas) que produce una disparada del dólar que tiene como consecuencia una inflación de alrededor del 40 por ciento, sobre todo en alimentos que es la mayor canasta de consumo de todos esos sectores. Después genera un salto en la desocupación: el saldo al final del macrismo es de 230 mil puestos de trabajo privado menos. Es decir, ese colchón de cierta amortiguación social que había dejado el kirchnerismo se termina de licuar. Entonces, se rompe la equivalencia porque el centro continúa un aspiracional que ya no es el mismo en el conurbano”.

Santiago Cafiero
Santiago Cafiero, militante peronista, hijo de uno de los referentes del partido, es el Jefe de Gabinete de Ministros de la Nación.

Paradójicamente, para Cafiero la posibilidad de retorno del peronismo en su forma actual se produce por el quiebre de una aparente equivalencia que habilitó una especie de falsa igualación aspiracional que encontró su fin cuando cada uno volvió a “su lugar” por obra del ajuste macrista. “Lo cierto –explica Cafiero– es que ésta es una sociedad de fracturas, de fisuras. No hay sociedades homogéneas hoy porque los métodos de producción son otros, los modos de vida son otros, porque vivimos en un mundo globalizado y por un montón de factores. Por cuestiones económicas, sociales, éticas, filosóficas o hasta incluso de comportamiento cotidiano ya no vivimos en una sociedad homogénea. El macrismo trató de modelar una sociedad así para generar esa representación y no pudo, obviamente, porque la sociedad argentina es una sociedad fracturada o una sociedad con fisuras. Vos podés juntar las fisuras con objetivos comunes, pero siguen existiendo”.

En mayor o menor medida, todos los análisis coinciden (aunque no sean totalmente identificables) en el hecho de que existen fisuras o fracturas de clase que caracterizan al mundo popular o al universo de los trabajadores y que condicionan las disputas políticas, las rupturas partidarias y los distanciamientos programáticos que se producen en las superestructuras. Aunque eso no quiere decir que la política carezca de una relativa autonomía que, en determinados momentos, juega un rol decisivo.

De la audacia al cálculo

Cuando el sábado 18 de mayo de 2019 Cristina Fernández anunció a través de un video difundido por las redes sociales que Alberto Fernández sería el precandidato a presidente y ella la precandidata a vice, muchos consideraron que en el mismo acto producía un movimiento táctico fundamental y una autocrítica de hecho. El actual presidente se había alejado del kirchnerismo cristinista en oposición a las medidas que fueron fundantes de su identidad política: el conflicto perdido con las patronales del campo en 2008 por el aumento de las retenciones móviles o la “guerra” con el grupo mediático-empresarial Clarín por la fallida Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual que se proponía limitar el poder monopólico sobre todo de ese holding mediático al que durante décadas, todos los gobiernos habían beneficiado.

Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner.
Alberto y Cristina saludan a su militancia en el día de la asunción al poder.

Santiago Cafiero le otorga a aquel movimiento un carácter estratégico: “El peronismo aprovecha ese momento. No digo nada nuevo, pero hay una lectura que hizo Cristina, una decisión estratégica suya y una ejecución táctica de Alberto (esta cuestión siempre presente en el peronismo: táctica y estrategia) para poder juntar ese peronismo que estaba disperso”.

El laberinto en el que se encontraba el último kirchnerismo y del cual –de la mano Alberto Fernández– intentó salir “por arriba”, como aconsejaba el escritor argentino Leopoldo Marechal, es sintetizado por Martín Rodríguez: “Creo que desde 2011 hubo un cambio de perspectiva. Del kirchnerismo de coalición al cristinismo que con su búsqueda de pureza ideológica, fue perdiendo densidad social. Incluso, paradójicamente, se hizo más débil para su propia agenda dura. Los temas de 2011 a 2015, independientemente del juicio de valor que se haga sobre cada uno, terminaron sin resultados: el acuerdo con Irán -sobre la causa del atentado terrorista de 1994 a la sede de la mutual judía AMIA-, la reforma judicial, la adecuación de Clarín o el ‘Patria o Buitres’ sobre la deuda (creyendo que era el ‘Braden o Perón’ del siglo XXI), fueron fracasos y perdieron sustancia frente a una agenda que la oposición manejaba más y mejor. La combinación entre problemas acumulados, una oposición política y mediática tremendamente eficaz y las peleas internas (distanciamiento de los movimientos sociales, disputa con sectores fuertes del sindicalismo, la rebelión de Massa, el impulso de un candidato en el que no se creía, etc.) hicieron posible lo que parecía imposible: el gobierno de Cambiemos”.

Llegado a este punto sobre las causas internas o externas que provocaron el reordenamiento político que habilitó el triunfo, la cuestión a develar es el sentido de la flecha que inició el cambio estratégico. ¿Expresó el triunfo del cálculo sobre la audacia, de lo posible sobre el arte y un giro hacia la moderación política?

Juan Grabois y Cristina Fernández de Kirchner
Juan Grabois señala las contradicciones en el Frente de Todos.

Juan Grabois, abogado y dirigente social, fundador y referente del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE) y de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP), antes que nada aclara que apoya al gobierno del Frente de Todos. Sin embargo, considera que es un “gobierno de coalición entre fuerzas y espacios políticos que tienen visiones e intereses distintos y a veces contradictorios. Surge, fundamentalmente a partir de una definición de Cristina: la mejor opción para la etapa era buscar una síntesis que expresara una unidad más amplia, lo que a su vez implicaba ceder en niveles de radicalidad en el planteo político. Y ceder también en términos de capacidad confrontativa del Gobierno con el poder económico o con un sector del poder económico y con los núcleos más ‘gorilas’ que tienen una capacidad muy grande de influir en sectores de la sociedad”.

«En algún momento va a tener que elegir un conflicto fuerte o se lo van a imponer»

María Esperanza Casullo cree que todavía “no se pueden sacar grandes conclusiones definitivas sobre Frente de Todos porque estamos en un momento de política de excepción. La política normal está puesta entre paréntesis por la pandemia. Pero si creo que Alberto Fernández apunta a un estilo de liderazgo diferente, como síntesis final de posiciones distintas. Cada decisión la anuncia así: ‘Hablé con los gobernadores, con los expertos, con fulano, con (Ángela) Merkel, y tomé esta decisión’. Eso es novedoso. Parece el último ‘habermasiano’, con un discurso que privilegia desplegar la racionalidad de sus decisiones. Habla mucho, explica mucho, da entrevistas. Pero este es un momento especial por el contexto de la pandemia. En algún momento va a tener que elegir un conflicto fuerte o se lo van a imponer. Eso sí, yo no espero demasiados conflictos internos de su frente. Me parece que la idea de una guerra sin cuartel entre Alberto y Cristina implica asumir que ella no sabía lo que hacía cuando decidió no ser candidata y se le pueden achacar muchas cosas, pero no que no entienda”.

María Esperanza Casullo
María Esperanza Casullo destaca que Alberto Fernández busca exhibir la racionalidad en sus decisiones.

“Todavía no se puede ser muy asertivo –advierte Julio Burdman– porque no se desplegó completamente el proyecto político-económico del Frente de Todos. La coalición fue una construcción bastante accidental que tuvo que ver mucho más con el fracaso de Mauricio Macri antes que con las propias virtudes. Me consta –por haber conversado con muchos actores, sobre todo los que tenían responsabilidad de gobierno, los ‘no kirchneristas’– que hasta la segunda mitad de 2018 nadie veía otra cosa que la reelección de Macri. Por lo tanto, el peronismo no estaba preparado programática, institucional y ni siquiera espiritualmente para asumir el Gobierno en 2019. Llega como una reacción al fracaso de Cambiemos y a un escenario de crisis cuyas dimensiones no terminaban de asumir una gran parte de los protagonistas. Y mientras Alberto Fernández se estaba acomodando en las oficinas, irrumpe la pandemia y el despliegue del proyecto político-económico se postergó. Sin embargo, esta gran maquinaria de poder que es el conjunto de los peronismos de la Argentina, estos actores sociales, sindicales, provinciales, municipales y todas las redes que constituyen al peronismo que una vez que se reúne es una mayoría electoral, necesita un código geopolítico fuerte, una visión de mundo que pueda oficiar de locomotora. Es la única forma de enhebrar todo eso y lo tiene que hacer el Presidente. Eso hizo Menem, también lo hicieron los Kirchner en su momento y ni hablar que es lo que hizo Perón cuando le tocó liderar su propia construcción. En estos primeros seis meses, no veo tan claras cuáles son las diferencias programáticas entre el Frente Para la Victoria -nombre histórico de la coalición kirchnerista- y el Frente de Todos. Creo que si Alberto Fernández no termina de constituir un proyecto alternativo al kirchnerista, en términos de sus alianzas internacionales, de qué es lo que va a identificar como horizonte de crecimiento económico para la Argentina, no va a haber una diferenciación. Por ahora, lo que veo es un conjunto de actores que buscan un peronismo más de centro para despojarse de la identidad kirchnerista, pero no le están encontrando la forma”.

“Alberto es un político de temperamento fuerte –asegura Martín Rodríguez–, pero hasta ahora funcionó como un coordinador con dos resultados evidentes: gestionó la unidad peronista y administró la unidad institucional frente a la pandemia. No es poco, pero su liderazgo continúa pendiente. Entiendo que imagina, en el mejor de los casos, construirlo a consecuencia de los éxitos y no previamente. Ergo: depende de los éxitos”.

Martín Rodríguez
Martín Rodríguez ubica a Alberto Fernández como el gestor de la unidad peronista.

Para Horacio González, autor de varios clásicos del ensayismo argentino y exdirector de la Biblioteca Nacional en tiempos de Néstor Kirchner, “Alberto Fernández tiene una formación sólida y al mismo tiempo de ‘moderación política’ que en sí mismo no cuestiono. Pero me parece que esta circunstancia es bastante dramática y el drama de un conjunto social siempre obliga a sentir nuevas cosas a los gobernantes y eso es algo que no está ocurriendo. No atribuyo culpabilidad porque se vio obligado a tomar decisiones difíciles. González considera que es un riesgo que Fernández se pueda sentir demasiado “interpelado por acusaciones como que es un ‘fomentador’ de la ‘grieta’. Porque la grieta es una fantasmagoría inventada por el poder mediático, por el Canal 13, TN (Clarín) o por el periodista Jorge Lanata específicamente. Sentirse interpelado por la ‘grieta’ es acatar el modo en que un sector muy específico entiende la vida y la discusión de una sociedad, un sector comunicacional que responde a la lógica empresarial-tradicional. Me parece que no debería caer en ese reclamo que exige que no se rompa la deliciosa armonía que tiene esta sociedad con la mitad de la gente afuera”.

Poco después de que Horacio González emitiera estas opiniones tuvo lugar un primer conflicto por la quiebra de una de las empresas comercializadora y exportadora de productos agroindustriales más importantes del país (Vicentin). El Gobierno primero anunció una expropiación que después puso en pausa para cambiarla por una “intervención” judicial ante protestas de sectores de la región en dónde está radicada la empresa (la provincia de Santa Fe). González consideró que el cambio fue un retroceso y así lo escribió en un artículo de la revista La Tecla Eñe: “¿Hay explicaciones por qué no pudo resistirse a estos comandantes en jefe de la soja, el aceite de sésamo y oliva y biodiesel, y a esa aceptación de la ‘propuesta superadora’ de Perotti -Omar, gobernador peronista moderado de Santa Fe? No habrá sido por los aires de dialéctica hegeliana que tiene esa expresión. En verdad, esa propuesta que canjea intervención por expropiación, releva un preocupante retroceso del gobierno nacional ante la primera hojarasca chamuscada que le presentaron los augures de un grupo social siempre al acecho, organizado por la corporación mediática”.

Recostado sobre cierta filosofía política que incorpora la dimensión mítica, Juan Grabois cree que Perón operó como “mito”. También Eva Perón e incluso Cristina Fernández, dice, alcanzan para determinados sectores algo de esa dimensión. Sin embargo, cuando se le pregunta si Alberto Fernández puede llegar a convertirse en ese tipo de “mito” explica: “La Argentina y América Latina en general son regiones de emociones fuertes y Alberto es muy racional, no es un perro de pelea, no es un ‘boxeador’. El enemigo te construye o te constituye también. Entonces, cuando no hay claridad en la denominación del enemigo, no llegás a ser”, sentencia el dirigente social. Además, considera que “la agenda social, la que nosotros sintetizamos en tierra, techo y trabajo no está priorizada y no hay una planificación o estrategia en torno a eso. Sobre lo que sí hay una estrategia es sobre la deuda externa y hubo un abordaje con principios claros, al menos, de la pandemia. Hay cuestiones macro que afectan al conjunto de los ciudadanos en las que el Gobierno tiene una claridad que no tiene cuando son cuestiones sectoriales que requieren un esfuerzo económico e intelectual para abordar que de alguna manera los saca del piloto automático o del conocimiento parcial que tienen las superestructuras políticas sobre lo que pasa abajo en la sociedad. Dicho descarnadamente, no hay una estrategia para que los trabajadores y los sectores populares puedan acceder a derechos básicos que vienen siendo negados desde hace mucho tiempo. De alguna manera fueron parte del acuerdo político de la conformación de la coalición para que esta agenda esté priorizada dentro del Gobierno. Esa parte no se está respetando.”

«No hay una estrategia para que los sectores populares puedan acceder a derechos básicos»

Con una síntesis epigramática, Andrés Malamud sentencia que “el albertismo es un fenómeno intelectual y porteño: no detecto, y puede ser limitación personal, arraigo social como para tornarse un movimiento político autónomo”.

Entre el kirchnerismo que no termina de perecer y el albertismo que no termina de nacer, pasado más de medio año de gobierno, la coalición practica un “kirchnerismo de bajas calorías”: intervención estatal mucho más limitada de las que se conocieron en las experiencias anteriores, contención de los sectores empobrecidos, pero con recursos mucho más escasos y reconciliación con determinados poderes, sin que signifique terminar definitivamente con la “grieta”. Como siempre, aunque sea en última instancia, la economía determina y la política no deja de ser economía concentrada. El escenario económico mundial en general y el argentino en particular se cruzaron con el “cisne negro” que estaba inscripto en la dinámica del capitalismo contemporáneo: la pandemia. El “apagón” impuesto por el Covid-19 irrumpió al inicio de la gestión del Frente de Todos y si bien puso de manifiesto problemas estructurales preexistentes, su agravamiento no deja de ser un factor a tener en cuenta.

 Estado de excepción

El fuerte deterioro de la economía argentina era anterior a la llegada del coronavirus. El país sufrió una recesión en tres de los últimos cuatro años y la economía viene estancada desde hace por lo menos ocho años. El endeudamiento ahoga el desarrollo nacional y los síntomas más notables en el último periodo fueron la inflación y la corrida financiera permanente (con devaluaciones recurrentes) que marcaron el último año de administración de Mauricio Macri.

Alberto Fernández y militancia.
Fernández mantiene niveles de aprobación importantes, pese al estado catastrófico de la Economía.

Sin embargo, el escenario social pospandemia amenaza con transformarse en catastrófico. La economía se desplomó un 26,4% interanual en abril de 2020, una caída superior a la de diciembre de 2001 y enero de 2002, años de la última gran crisis argentina. La suba pronunciada de la pobreza que puede alcanzar o superar el 50 % y de la indigencia también crecerá. El mundo no tiene mejores perspectivas: según el Banco Mundial, el pronóstico de crecimiento internacional para 2020 era de 2.5% y tuvo que corregir en junio a una caída del 5.2%. India, que iba a crecer 5.8%, va a deteriorarse un 3.2%. Estados Unidos (de 1.8% a -6.1%) y Japón (de 0.7% a -6.1%). Argentina iba a caer 1.3% y ese deterioro se acelerará hasta alcanzar un 7.3%, según el BM, aunque muchos festejarían si no supera el 8%.

«El albertismo es un fenómeno intelectual y porteño, sin arraigo social para tornarse un movimiento político autónomo»

Pese a estos indicadores al rojo vivo, Alberto Fernández mantenía niveles de aprobación importantes aunque retrocedió de los índices alcanzados en abril. Es que en términos de la gestión de la pandemia y basándose en la lamentable experiencia internacional (Italia, España, EEUU o el más cercano Brasil), en términos relativos había obtenido mejores resultados sanitarios.

Para Julio Burdman, el problema económico será determinante porque “la identidad de esta etapa, el balance de estos meses terminará de concretarse una vez que se resuelva el código geopolítico del año 2020. Son dos opciones: o cerramos una buena negociación con la deuda, mantenemos una cordial relación con el Estados Unidos de Donald Trump o de Joe Biden (también es importante cómo se resuelva esa elección), mejoramos las relaciones con la región y nos convertimos en la ‘tercera vía’ entre el ‘chavismo’ o el ‘bolsonarismo’ o Argentina entra en un proceso de cierre financiero con las opciones muy acotadas y resolviendo buena parte de esas restricciones con una alianza fuerte con China, que debería tener inversiones directas, financieras, etc.” .

Una de las grandes diferencias que tiene éste ciclo peronista es la ausencia de un horizonte económico favorable o, por lo menos, algunos nichos que impliquen posibilidad de obtención de recursos: el primer peronismo se vio beneficiado por el rol que jugaron las exportaciones argentinas en la reconstrucción de posguerra, el kirchnerismo por el superciclo de las materias primas y hasta el menemismo logró aprovechar los éxitos consumistas del “neoliberalismo” hasta que estalló producto de sus propias limitaciones.

A unas bases sociales puestas en cuestión y una economía con perspectivas inquietantes hay que agregar los cambios en el itinerario histórico para hacerse una composición del lugar que ocupa el peronismo en la semántica de los tiempos que nos tocó vivir.

 Pasado y presente

La abundante literatura producida en las últimas décadas sobre un fenómeno político cuya supervivencia resulta -sin dudas- enigmática ha hecho muchos aportes, pero los clásicos que problematizaron al peronismo desde sus orígenes resistieron el paso del tiempo. En esos trabajos hay un tema que está presente en todas las perspectivas: la relación entre movimiento obrero y peronismo.

El peronismo emergió de las entrañas de un golpe de Estado llevado a cabo por militares nacionalistas que se produjo en junio de 1943. Desde la Secretaría de Trabajo y Previsión, Juan Domingo Perón llevó adelante una agenda social para contener a una clase obrera nueva y moderna que había crecido al calor de la industria sustitutiva de importaciones que el país se vio obligado a desarrollar en le década de 1930 a causa de la debacle económica mundial que tuvo lugar luego del crack de 1929. Con una visión estratégica sobre la potencialidad y el peligro que entrañaba el nuevo movimiento obrero si era dejado libre de la tutela del Estado, ensayó una política social activa que implicó regimentación estatal de las organizaciones obreras a la vez que concesiones materiales a sus demandas. Este último aspecto no fue del agrado de los sectores más conservadores de las clases dominantes argentinas que impulsaron la expulsión de Perón del Gobierno y su posterior detención. La histórica movilización del 17 de octubre de 1945 que, por primera vez, trajo a miles de obreros desde los suburbios de Buenos Aires a la Plaza de Mayo impuso su liberación. En febrero de 1946, la fórmula de Juan Domingo Perón y Hortensio Quijano se impuso por la vía electoral y abrió un nuevo ciclo político en el país. Los orígenes del peronismo fueron objeto de múltiples análisis y debates ardientes.

Juan Domingo Perón
A partir de 1943, Perón llevó adelante una agenda para contener a una clase obrera nueva y moderna.

Uno de los padres fundadores de la sociología argentina, Gino Germani, pateó el tablero con una tesis tan provocadora como mecanicista alrededor de ese vínculo constitutivo del movimiento que partió en dos la historia argentina: Perón utilizó como base de maniobra a una clase obrera nueva, llegada del interior del país, huérfana de tradición política y carente de ideología. El secreto de todo su arte radicó en la manipulación de la “tabla rasa” para un proyecto político de carácter totalitario y facsistizante. Los investigadores Miguel Murmis y Juan Carlos Portantiero, desde el otro rincón, contragolpearon en su Estudios sobre los orígenes del peronismo[3] afirmando que no hubo heteronomía o anomia alguna en la adhesión de los trabajadores al peronismo y que ese vínculo estuvo guiado por una acción racional, entendida como la práctica sindicalista que caracterizaba a las viejas organizaciones obreras y a la que se sumaron los nuevos trabajadores. Una praxis que combinaba reclamos y negociación con el Estado, que había nacido en los tempranos tiempos del radical Hipólito Yrigoyen (1916) y que se desarrolló en los años ‘30 en disputa con las corrientes socialista y comunista de importante influencia en la clase obrera preperonista. Es más, la corriente sindicalista se había fortalecido por los presuntos errores de estas tendencias guidadas por el reformismo europeizante de unos (socialistas) y la paranoia estalinista de los otros (comunistas). El sociólogo Juan Carlos Torre, en La vieja guardia sindical y Perón, Ensayos sobre movimiento obrero y peronismo[4], refinó el análisis y afirmó que la adhesión política de la clase obrera al peronismo no se dio sólo en función de reivindicaciones económicas, también la motorizó un proceso de búsqueda de integración política tras una etapa en la que fue conquistando centralidad en la vida productiva del país mientras se sostenía su exclusión política: la noche negra de la famosa Década Infame de los años ‘30. La integración se dio en el marco de la pérdida de su autonomía. Fue una exitosa “rama sindical” dentro del peronismo porque fue derrotada como “partido laborista” independiente afuera. Pese a esto, Torre señala que, desde sus orígenes, el peronismo estuvo marcado por “un sobredimensionamiento” del movimiento obrero en su anatomía política. Un movimiento que, con todas las distorsiones del caso, en momentos de crisis o debilidad del peronismo político intentó hablar con su propia voz. Que, incluso, llegó a dar nacimiento a lo que el historiador Adolfo Gilly calificó como una anomalía única: la existencia de comisiones internas y cuerpos de delegados en las mismas unidades productivas, organizaciones de base ausentes en la mayoría de las clases trabajadoras del continente y que nunca fueron reconocidas por la legislación laboral peronista. El sociólogo y ensayista Alejandro Horowicz en su clásico Los cuatro peronismos[5] hace un aporte teórico fundamental cuando convierte todos estos elementos en una definición: el peronismo fue el único partido político moderno –tal como fue entendido ese concepto en el siglo XX– generado por el régimen argentino. Desde sus tiempos en la Secretaría de Trabajo y Previsión quebró el vínculo decimonónico de la oligarquía con los trabajadores a los que pretendía condenar a eternos ilotas marginados de la vida pública. Reconoce la condición ciudadana del proletariado y lo incorpora a la república con las potencialidades y límites que eso implica: son aceptados en la “polis” mientras no saquen los pies del plato, accedan a la regimentación estatista de sus organizaciones y renuncien a toda autonomía política. El famoso “nacionalismo burgués” que tanto irrita a muchos peronistas no se refiere a una cuestión moral o de forma, sino a las coordenadas programático-estratégicas que siempre guiaron su orientación general: defiende un tipo de capitalismo y sus modos de propiedad, más allá de que las burguesías realmente existentes desconfiaran de su “obrerismo”. Como afirmara el joven marxista Milcíades Peña en su Masas, caudillos y elites[6], la intervención de los cuarteles en junio de 1943 permitió que las clases dominantes argentinas tengan la posibilidad tercerizar la tarea de gobernarse a sí mismas. Con el concepto de “bonapartismo”, Peña incorporó también la tensión y el vínculo del peronismo con las clases dominantes y, sobre todo, con el relativo “vacío” internacional que dejaba una potencia imperial en retirada (Gran Bretaña) y otra en ascenso (Estados Unidos), agregando el correspondiente superciclo económico que siempre acompaña a todo populismo exitoso: la fortuna de su virtud. La clase trabajadora, de manera sui generis, asciende el 17 de octubre de 1945, por vez primera en su historia al plano político, iniciando una nueva etapa en la vida pública del país. El historiador de las ideas, Carlos Altamirano, sentenció en su Peronismo y cultura de izquierda[7] que desde su derrocamiento en 1955 “la imagen del peronismo se hizo doble y el movimiento proscripto se volvió soporte de lo fáctico y de lo virtual o, para ponerlo en otros términos, el peronismo verdadero, pero virtual y exiliado, y el peronismo empírico, privado de verdad aunque no de poder”.

«la clave para entender la longevidad del peronismo no es su ‘arriba’, sino su abajo: la Resistencia, los sindicatos, los partidos neoperonistas, las sociedades de fomento»

Algo similar aporta María Esperanza Casullo: “Creo que, un poco como dicen Daniel James (Resistencia e Integración. El peronismo la clase trabajadora)[8] y Steven Levitsky (Des-Organización Organizada) que el peronismo tuvo suerte porque si el golpe de estado de 1955 que derrocó a Perón lo hubiera matado (o Perón se hubiera suicidado, como Getulio Vargas en Brasil, por ejemplo) uno podría pensar que el peronismo se terminaba ahí. Pero, Perón siguió vivo, aunque lejos. Vivo como símbolo, líder y aspiración, pero lejos, entonces, no podía dar ‘órdenes’ directas. Quien se apropió definitivamente del peronismo fue la sociedad, por abajo. Quien ‘hace’ peronismo no es Perón, sino la Resistencia, los sindicatos, los partidos neoperonistas como el MPN (Neuquén), las sociedades de fomento. Eso genera lo que para mí es la clave para entender la longevidad del peronismo, que no es su ‘arriba’, sino su abajo.”

Cualquiera sea la lectura con la que se tenga más afinidad, indudablemente todos los análisis clásicos orbitaron alrededor de la tensión en ese vínculo entre el peronismo y el mundo de los trabajadores. Tomando la periodización de Horowicz, el segundo peronismo que va desde la caída de Perón en 1955 hasta los convulsivos años ‘70 tomará la forma de la presencia sindical en el primer plano (con sus distintas tendencias) mientras el peronismo político y el líder se encontraban proscriptos. Al calor de una efervescencia internacional, el tercer peronismo predominante en los años setenta se radicalizará y conducirá al enfrentamiento entre las dos almas del movimiento: el partido del orden y el partido de la contención. El mismo jefe político del movimiento se inclinará hacia el primero al final de su vida. El cuarto peronismo, surgido del proceso que empezó con Isabel Perón y se continuó con el genocidio de la dictadura militar acompañando con letra propia la música del concierto neoliberal que se desplegaba por el mundo, detonó el lazo entre movimiento obrero y peronismo, esencialmente porque infringe una derrota a la clase trabajadora para disminuir su presencia en la vida política argentina y, sobre todo, en el desenvolvimiento económico.

El movimiento autodenominado de la “Renovación Justicialista” de la década de 1980 fue la forma política que adoptó el proceso de “desindicalización” del peronismo, como expresión deformada de su distanciamiento del movimiento obrero en tanto “sujeto activo”. Fueron los años de la transformación del justicialismo de partido sindical a partido clientelista, según el trabajo de Steven Levitsky, La transformación del Justicialismo. Del partido sindical al partido clientelista 1983-1999[9], que con el tiempo también ascendió al panteón de los clásicos. El profesor norteamericano aseguró que el peronismo “renovador” podría describirse como un partido socialdemócrata de facto y que no se propuso explícitamente la desindicalización, pero allanó el camino para que esto sucediera en los años noventa. El inefable Carlos Menem fue quien dinamitó ese vínculo desde adentro en un clima de fiesta y restauración. No sólo porque cambió radicalmente la relación del peronismo con el movimiento obrero, sino porque con su programa de neoliberalismo extremo, apertura indiscriminada de la economía y subordinación al capital financiero, fue el responsable de la dualización de la clase trabajadora, comprando y cooptando a los dirigentes, quebró en varios pedazos a la “columna vertebral”.

Horacio González grafica esta muerte y transfiguración del viejo peronismo en los siguientes términos: “La columna vertebral es una expresión bastante generosa hacia sí misma aún en la época en que el sindicalismo era fuerte, como rama del peronismo. Hoy es un sindicalismo de cuño empresarial, salvo algunos sectores que se diferenciaron de ese modelo, como puede ser el sindicato de ladrilleros o la CTA que también está en un momento de retracción. Hay carreras políticas, hay dinastías familiares (una está en el Gobierno), pero no pesa otra cosa, pesa la leyenda. Está el Partido Justicialista que antes no tenía ninguna expresión y ahora la tiene. Si hoy eres congresal del PJ, eres algo. En los años 60’ del siglo pasado no existía de esa manera o existía para los cargos políticos, pero eran políticos que respondían a determinaciones que se tomaban en otro lado (en los grupos armados o en otras instancias). Hoy tiene importancia ser congresal del PJ, es una carrera política. Si tienes una carrera política siempre el estilo burocrático está corriendo detrás tuyo y te alcanza”.

«De las banderas históricas del peronismo, la que le queda es la de la justicia social»

La crisis social y la rebelión de diciembre de 2001 patearon el tablero porque la ofensiva económica neoliberal no sólo había transformado al peronismo, si no que tendió a socavar las bases de sustentación de los pactos sociales engendrados en el periodo de posguerra. El desempleo crónico, la polarización en las clases medias entre un sector cada vez más acomodado y una mayoría pauperizada, la imposibilidad de otorgar concesiones significativas para elevar el nivel de vida de las mayorías fueron las bases estructurales que erosionaron los cimientos de los regímenes democráticos y las distintas formas de “estado de bienestar”. La elitización extrema de los partidos tradicionales no era más que la expresión de este fenómeno general. La rebelión hizo estallar al régimen de partidos, despedazó al radicalismo y quedó en pie el peronismo como estructura de poder apoyado en una coalición que tomó la forma de un “gobierno de unidad nacional”. En el contexto de que las calles no fueron derrotadas sino contenidas, el kirchnerismo debió gobernar bajo la impronta de las llamas ardientes de aquel diciembre. Esto lo condujo a tocar la melodía del tercer peronismo con los acordes del cuarto y a retomar algunos rasgos de “partido sindical”, ya sea con la alianza con el sector más fuerte del movimiento gremial (el que representaba el dirigente de los camioneros, Hugo Moyano) o con los nuevos “sindicatos” de desocupados, los mal llamados “movimientos sociales” a los que institucionalizó y limitó su dinámica. Esta vez el superciclo de la fortuna fue de las materias primas en general y de la soja en particular. El 15 de octubre del 2010, como expresión de cierto retorno fasntasmático de aquel tenso vínculo, resonó en las instalaciones del estadio de River Plate un eco lejano de la empresa trunca del laborismo. Fue precisamente Hugo Moyano quien le dijo ante una multitud a la entonces presidenta Cristina Fernández que “los trabajadores tienen que dejar de ser instrumento de presión, para pasar a ser instrumentos de poder” y que algún día se cumpliría el sueño de “tener un trabajador en la Casa Rosada”. Quizá ese día y a cielo abierto comenzó a escribirse la historia que vino después y que es por todos conocida: la ruptura del kirchnerismo cristinista con Moyano –como expresión deformada del distanciamiento con una fracción de la clase trabajadora formalizada–, el estancamiento y los desequilibrios económicos, la “sintonía fina” (intento de ajuste fiscal), la crisis con el candidato del proyecto (Daniel Scioli) y el proyecto del candidato (un ajuste gradual), y el triunfo de la derecha de Mauricio Macri por la vía de las elecciones.

 El peronismo que viene

Hasta ahora la experiencia del Frente de Todos se define menos por lo que tiene que por lo que le falta: carece de una base social sólida en términos de la homogeneidad que alguna vez supo tener el sustento social del peronismo, no goza (o por lo menos no se avizora hasta ahora) de un mundo que ofrezca nichos de oportunidades para su economía y, a diferencia de la experiencia kirchnerista de los orígenes con la que Alberto Fernández quiere identificarse no tiene una crisis económica a sus espaldas (cuando Néstor Kirchner arrancó su gobierno, la economía había comenzado a despertarse), sino que tiene un “2001” por delante. En la dinámica social de los últimos tiempos, tampoco la sociedad argentina produjo conflictos de alto voltaje que muchas veces son un problema, pero a la vez una oportunidad. A Néstor Kirchner, el 2001 lo habilitó a arbitrar o incluso a utilizar el peligro latente del estallido como condicionamiento. El macrismo pasó en el contexto de una sociedad anestesiada en gran parte de la actuación de gran parte del peronismo que fue dador voluntario de gobernabilidad.

Alberto Fernández. Compromiso Argentino por el Desarrollo y la Solidaridad.
El presidente Alberto Fernández junto a empresarios, representantes gremiales y de movimientos sociales en la firma del Compromiso Argentino por el Desarrollo y la Solidaridad.

Vinculado con esto último, en un libro de reciente aparición, Brasil. Una excepción (1964-2019), el marxista inglés Perry Anderson comparaba las experiencias “populistas” de Brasil y Argentina: “No es verdad que los practicantes del populismo en Brasil y en la Argentina se parezcan mucho entre sí. La retórica de Vargas era paternalista y sentimental; la de Perón, vehemente y agresiva, y la relación que habían establecido con las masas era muy distinta. Vargas construyó su poder incorporando a los trabajadores recién urbanizados en el sistema político, como beneficiarios pasivos de sus cuidados, con una ley laboral protectora y un sindicalismo férreamente manejado desde el poder. Perón los galvanizó como combatientes activos contra el poder oligárquico movilizando las energías proletarias en una militancia sindicalista que lo sobrevivió. Uno apelaba a lacrimógenas imágenes de ‘el pueblo’, mientras el otro invocaba la ira de los descamisados, los sans culottes locales”[10].

Julio Burdman aporta una mirada sugerente sobre el peronismo de los últimos treinta años: “Tiene una relación con las clases trabajadoras que no les permite elaborar un horizonte de movilidad social ascendente. A diferencia del peronismo histórico que era la promesa de reconversión en clase media de los trabajadores formales. El peronismo de Perón y Eva Perón tenía una fuerte impronta de justicia social y de convertirse en el partido de los pobres de la Argentina, pero tenía también una visión sobre la centralización de las funciones de bienestar en el Estado nacional, o sea, era un movimiento que resolvía la dialéctica histórica de la Argentina hacia una nueva forma de unitarismo moderno. Tenía una visión acerca del rol que tenía que ocupar el país en el mundo, la visión geopolítica peroniana fue completamente innovadora con la tercera posición y el rol activo de la Argentina en la región, un proyecto que fracasó, pero que estuvo puesto sobre la mesa. También tenía una posición sobre algunos elementos que tenía que tener la Argentina en el marco de la economía internacional de posguerra: sustituir importaciones, maximizar las condiciones de las exportaciones agropecuarias; había una idea de desarrollo y crecimiento económico del país y de consolidación de una Argentina más autónoma en el plano internacional que se ha ido perdiendo por el camino. Para decirlo más claro: de las banderas históricas del peronismo, la que le queda es la de la justicia social, pero independencia económica, soberanía política y otros aspectos del proyecto del peronismo quedaron un poco en el pasado. No me parece causal que los partidos ‘hermanos’ del peronismo en la América del Sur del siglo XX (el MNR boliviano, el ibañismo chileno, el varguismo brasileño, el APRA en Perú) experimentaron todos transformaciones que los convirtieron en partidos más de centro o centro derecha (en el caso del ibañismo se diluyó en lo que es el Partido Socialista), pero quiero decir que ninguno de los partidos hermanos del peronismo en el siglo XX se convirtió en un partido exclusivamente de los pobres”.

Pablo Gerchunoff sintetizó en un artículo publicado en la revista Nueva Sociedad esta cuestión de la siguiente manera: “Cuando la reanimación productiva fue moderándose y sufriendo tropiezos significativos, como el de 2008-2009, se descubrió que aun con su potente efecto derrame pervivía un nivel de pobreza de al menos 25 por ciento de la población (probablemente 30 por ciento) y un mercado de trabajo fragmentado con alrededor de 40 por ciento de informalidad. Las viejas verdades políticas del peronismo, fundadas en el supuesto de una base popular homogénea (dejemos de lado la discusión acerca de si eso fue cierto alguna vez), debían ser revisadas: los estratos sociales más sumergidos cobraban un inevitable protagonismo. Fue como si la Fundación Eva Perón hubiera sido en los años ‘50 el principio activo de la justicia social, y no, como en efecto fue, un componente marginal. Y cuando ello ocurrió, Cristina Fernández se convirtió gradualmente en la líder de un movimiento plebeyo –el movimiento de los hijos de la tierra–, en la protectora de los pobres, en la abanderada de los humildes”.

En discurso, espíritu, forma y contenido parece más la apuesta a la refundación del peronismo en clave socialdemócrata

Sobre estas coordenadas como determinantes estructurales e históricas, en el discurso y práctica inicial lo que periodísticamente llamaremos el “quinto peronismo” conducido por Alberto Fernández muestra una tónica de una política sin épica, de ampliación de derechos ciudadanos en el marco de una restricción económica. Su fisonomía social y su anatomía política aparecen descafeinadas y con menor densidad. El vínculo más cercano con los sindicatos se reduce a lo más conservador del aparato gremial de corte empresarial, precisamente a los dirigentes que más aportaron a la gobernabilidad de Macri. Los llamados movimientos sociales respaldan más a Alberto Fernández de lo que Alberto Fernández respalda a los movimientos sociales. En discurso, espíritu, forma y contenido parece más la apuesta a la refundación del peronismo en clave socialdemócrata retomando la obra inconclusa de la renovación ochentista. Estas fronteras difusas en las que algunos ven demasiada moderación y otros los peligros de una “radicalización” camuflada conducen a la desconfianza de tirios y troyanos e hicieron saltar las primeras divergencias cuando la “luna de miel” empezaba a terminar.

Desde aquellos años a esta parte presenciamos el avance en la modificación del equilibrio interno de fuerzas contra la máxima acuñada por Juan Carlos Portantiero que explica por qué el peronismo pudo ser definido alguna vez como el “hecho maldito del país burgués” tanto como de sí mismo: siempre le sobraron sindicatos y le faltó burguesía nacional. El perfil inicial del peronismo que viene asoma como la etapa superior de ese echar lastre de una tensión histórica que fue constitutiva de su naturaleza.

Una vez le preguntaron a Margaret Thatcher cuál había sido el mayor éxito de su carrera política. “Tony Blair y el nuevo laborismo”, respondió la Dama de hierro. Blair le dejó su marca de autor al proceso de desindicalización del laborismo británico y lo transformó en un partido con todos los buenos modales que exigía la república refundada por el neoliberalismo. Es muy temprano para pensar un destino de esas características para Alberto Fernández y el “nuevo peronismo”, pero muy sugerente como para descartarlo de plano. Por lo menos hasta próxima crisis, a la que siempre parece estar condenado este país oprimido y tenaz.

[1] María Esperanza Casullo, ¿Por qué funciona el populismo?, Buenos Aires, Siglo XXI Editores Argentina, 2019.

[2] Martín Rodríguez y Pablo Touzon, La grieta desnuda, Buenos Aries, Capital Intelectual, 2019.

[3] Miguel Murmis y Juan Carlos Portantiero, Estudios sobre los orígenes del peronismo, Buenos Aires, Siglo XXI Editores Argentina, 2005.

[4] Juan Carlos Torre, La vieja guardia sindical y Perón, Buenos Aires, Ediciones RyR, 2015 y Ensayos sobre movimiento obrero y peronismo, Buenos Aires, Siglo XXI Editores Argentina, 2012.

[5] Alejandro Horowicz, Los cuatro peronismos, Buenos Aires, Edhasa, 2015.

[6] Milcíades Peña; Masas, caudillos y elites en Historia del pueblo argentino, Buenos Aires, Emece, 2012.

[7] Carlos Altamirano, Peronismo y cultura de izquierda, Buenos Aires, Temas Grupo Editorial, 2001.

[8] Daniel James, Resistencia e integración, Buenos Aires, Siglo XXI Editores Argentina, 2005.

[9] Steven Levitsky, La transformación del justicialismo. Del partido sindical al partido clientelista, 1983-1999, Buenos Aires, Siglo XXI Editoria Iberoamericana, 2003.

[10] Perry Anderson, Brasil. Una excepción (1964-2019), Madrid, Akal, 2020.

Fernando Rosso
Fernando Rosso es periodista. Estudió en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora. Es editor y columnista político en La Izquierda Diario. Es columnista en Tiempo Argentino y colabora en varias publicaciones como Anfibia, Panamá, Crisis y Le Monde Diplomatique Cono Sur. Conduce el programa radial El Círculo Rojo (domingos de 21 a 23 h. por Radio Con Vos, 89.9).